Entre anturios, begonias, aves de paraíso, hortensias, margaritas y rosas se encuentra la rosa más sensible: Rosa, cariñosamente “Rosita” como respondió al preguntarle por su nombre. Con una alegría en sus ojos, una sonrisa melodiosa y un abanico en su mano que contrastaba con la tarde gris de aquel lunes de invierno atendía en el local 2042 de de la Plaza de Flórez.
La Placita de Flórez como tradicionalmente se le conoce fue fundada el 25 de enero de 1981, por don Rafael Flórez, quien donó el terreno donde fue construida. Ubicada en el Barrio Boston, en el Centro de Medellín es un referente arquitectónico para los medellinenses, ya que durante sus 120 años de actividad ha sido referente de desarrollo y crecimiento de la ciudad. Este lugar fue declarado un bien de interés cultural del Municipio, a razón de su calidad arquitectónica, urbanística, histórica y testimonial.
Rosa Monsalve Marín, una paisa de pura cepa, decoradora de ramos, apasionada de las flores, llegó a la “Placita” de Flores a trabajar en el negocio de una prima. En ese entonces vendía matas, tierra de capote y canastos de mimbre. En el lugar que fue cuartel de Policía, circo de toros, convento de monjas y escuela de niñas surgió la creatividad de quien encuentra la pasión en su trabajo. Fue así como comenzó a vender ramos vía telefónica, desde la bodega. Con la berraquera que caracteriza a la mujer paisa, montó su propia floristería, en Ayacucho con la 31, donde trabajó seis años. El amor y el entusiasmo no le alcanzaron para sacar su renta adelante, la falta de recursos e inversión impidieron que el negocio de “rosita” prosperara. Las flores naturales se marchitan y se convierten en capital perdido. Sin dejar de hablar con sus familiares quienes también tenían otros negocios dentro de la Plaza, aceptó la oferta laboral de trabajar con su prima Dalia, en flores Veracruz, a la entrada por Giraldo.
En el afán de ayudar y ser partícipe de momentos especiales de quienes obsequian una flor para conmemorar un suceso en la vida de otros y con la delicadeza y sensibilidad de un pétalo. Rosa, relata con lágrimas en los ojos y la voz entrecortada lo que significan las flores en su vida y cómo están presentes en los sucesos que conmemoran fechas importantes en la existencia de las personas: nacimientos, cumpleaños enfermedad, para pedir perdón, para pedir matrimonio y hasta para el ultimo adiós: la muerte. Rosa, dice estremecerse y sentir cólera cuando escucha decir: “Pa qué flores, si ya se murió” y entonces se cuestiona: ¿será que uno no se merece el ultimo gasto de un arreglo floral? a lo que responde eufóricamente “¡Y no es porque yo las venda!” dejando ver sus dientes pintados de labial rojo, que cuando le dije que iba hacerle una entrevista se pintoreteó porqué imaginaba que usaría la cámara para grabarla.
Con una fe católica que expresa cuando habla de Dios y se evidencia en los tres escapularios que cuelgan de su corto cuello, dice haber encontrado en la palabra de Dios, la respuesta para cambiar la idea de ser cremada cuando muera y tirar sus cenizas al mar.
En las celebraciones religiosas hay adornos florales. Al local de Flores Veracruz, ubicado en el local 2043 de la Plaza de Flores, van místicos, religiosos, chamanes y hasta brujos para sus rituales. Todos los días llegan clientes desde Medellín y otros municipios de Antioquia en búsqueda de flores, cultivadas por campesinos y traídas del corregimiento de Santa Elena, pero nunca se venden tantas flores como el Día de la mujer o el Día de la madre, donde se llegan a decorar de 700 a 1000 ramos, combatiendo el cansancio de la madrugada porqué amanecen armando arreglos florales. A sus 57 años dice que sí hay que amanecer, amanece porque es algo que la apasiona y hace con amor aunque al día siguiente se sienta como “atontada”.
En el correr de la vida son muchas personas las que visitan este local con situaciones personales muy emotivas, algunas tristes y otras por el contrario muy alegres. “Rosita” la señora del delantal gris y los zapatos pequeños como los de Mafalda cuenta haber llorado con las historias particulares de algunos de sus clientes: a unos los dejan, otros están arrepentidos y quieren pedir perdón, otros están ilusionados con casarse y así… “Yo soy muy preguntona y todo lo quiero saber y hasta lloro con todo que ve uno aquí”. Cuenta Rosa, mientras arranca pétalos de algunas rosas marchitas que reposan desde el sábado en los baldes de agua y al día al lunes ya lucen menos atractivas.
Todos los días hay nacimientos, defunciones, cumpleaños y otras fechas especiales que se conmemoran y se honran. En el tiempo quedan grabados los mejores momentos, porque en definitiva la vida se mide en ellos. Rosa vuelve a llorar por tercera vez, al hablar de sus clientes que han creído en ella para acompañar las fechas más significativas y es que para ella dice ser un don que Dios le ha regalado y pide perdón al padre celestial como ella se refiere a su guía espiritual por haber refutado en algún momento al sentirse inconforme por su salario. Hoy por hoy dice haber encontrado su mayor talento en la decoración de arreglos florales sin importar si el pago es poco aunque el trabajo sea mucho. Las flores lo son todo en su vida y no permite por ningún motivo que vayan a la basura cuando están marchitas, por el contrario las amontona todas y al finalizar el día las deja en un canasto donde luego pasa a recogerlas un habitante de calle que paga una pieza donde dormir a cambio de las flores que Rosa, la mujer del corazón gigante le obsequia.
Con un pocillo de café en su mano y un cuaderno en la vitrina, revisa las ventas del día para hacer el cierre de caja. Rosa, es la administradora desde hace 10 años de la Floristería Veracruz, ha sido una maestra para las vendedoras que llegan sin saber nada, lo más importante es compartir el conocimiento sin esperar nada a cambio, concluye “Rosita”, diciendo con un gesto de picardía: “Lo bueno que yo tenga, a mí me gusta dárselo al otro, para qué me voy a morir con eso”.
Rosa llega todos los días a la Plaza de Flórez a las 6:00 am, y se está yendo para su casa a eso de las 8:00 pm, de lunes a lunes. Vive en el Barrio La América con su perra “Muñeca” y su gata “Susy”, desde hace 18 años. Este año es su jubilación y aunque ha trabajado por más de tres décadas se le nota reluciente, como flor de madrugada, enamorada de sus capullos, sus brotes y sus yemas. Siente nostalgia de pensar en el último día de trabajo, pero dice darse por bien servida en regalar tanta felicidad. Se llevará en su corazón a las personas que ha conocido y en su memoria los recuerdos que de la maravillosa “Placita” de Flórez que la vio crecer y hasta envejecer, donde siente paz, armonía y tranquilidad y donde más que un trabajo encontró un hogar.

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