Ella, en primer plano, a la derecha, esboza una sonrisa, poco notable. De esas que esconden una intención, casi desdeñosa. Esquiva, incluso. Está hermosa como siempre.
Abandonado ahí, a su aire, casi a propósito, dentro del vaso sobre la mesa, hay un pitillo que sobresale flotando airoso entre el helado. Su pose, en relación con la anterior foto, resulta un franco reclamo de lo inútil que se siente sin esa boca con carmín rabioso que lo exprime.
En segundo plano, a la izquierda, hay un muchacho tan airoso como el pitillo de ella. Acodado sobre la mesa, mira desafiante. Él sí aprieta su pitillo con fruición y sin atenuantes. Lo sostiene inclinado por fuera del vaso, de un extremo con la mano derecha, y del otro con la boca. Tiene puestos dos aros negros en los índices de ambas manos que dan la sensación de apretarle más de lo debido. Sobre todo el de la mano derecha que, ligeramente levantado, le da un toque de fino garbo digno de señora de té en porcelana a las cinco de la tarde.
Por cierto, nada perturbador ni comparable con el gesto de ella de la otra foto.
"Sin duda, dos entrañables amigos que se encuentran de tarde en tarde para un helado", piensa el hombre y sonríe desdeñoso. Entonces los esquiva. Y sigue de largo.
Susana Madrigal H.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario